Acerca de “¿Verdad del cristianismo?” de Ratzinger. Primera reflexión

En estos tiempos, en los que la experiencia religiosa ha sido ubicada por muchos como en el ámbito de lo irracional, el texto de Ratzinger se nos presenta como una forma de repensar la razón sorteando las aporías de un impulso positivista preponderante en un estrecho sentido moderno de racionalidad, y, con ello, propio de un estrecho sentido de experiencia. Esta lucha constante con la razón moderna (cuyo extremo se vería encarnado en la razón instrumental) que desde la filosofía ha adquirido distintos rostros en filósofos como Benjamin o en aquellos de la escuela fenomenológica, como Scheler, se da, desde Ratzinger, desde lo propiamente teológico, lo cual muestra, de por sí, que aquello que Ratzinger llama “la esencia del cristianismo” se inserta, actualísima, en este contexto, y tiene siempre mucho por decir, aún más, en lo que concierne a la naturaleza humana.

En la actualidad, nos dice Ratzinger, “el cristianismo vive, en el terreno de su expansión original, Europa, una honda crisis que resulta de su pretensión a la verdad”. Lo que está en cuestión a partir de esta crisis es, en el fondo, si es que es posible aplicar la noción de verdad a la religión. A mi parecer, esto se debe a la crisis de verdad general que tiene lugar en la contemporaneidad; podríamos preguntarnos, más aún, si es que no son los parámetros con los cuales leemos toda pretensión de verdad los que están en crisis. Ratzinger ilustra muy bien esta situación en la que nos encontramos con la parábola budista del elefante y los ciegos, en el cual se muestra que todos nosotros nos encontramos, frente a una dimensión divina, como “ciegos de nacimiento”. El cristianismo no tendría una perspectiva privilegiada al respecto, sino, más bien, tendría una mirada parcial frente a este ámbito de lo divino.

Ratzinger estudia las profundas causas de este escepticismo colocándolo, en primer lugar, en relación a la ciencia moderna, sus interrogantes sobre los orígenes y el objeto de la esfera cristiana, y luego en relación con el conocido “fin de la metafísica”. Todo ello ha devenido en la problematización de los fundamentos filosóficos del cristianismo. No debe verse ello, sin embargo, como un debilitamiento del fundamento mismo de la cristiandad, sino, más bien, como el debilitamiento de toda intención de fundamentar aquello que no se halle aprehendido en los estrechos límites positivistas del método científico de la modernidad. La estrechez de esta noción restringida de cientificidad ha sido estudiada ampliamente por filósofos como Edmund Husserl.

Siguiendo con la parábola del elefante y los ciegos, podemos mencionar que es aquí desde donde lee Ernst Troeltsch al cristianismo, en cuanto cree que no es más que una instancia desde donde se mira a Dios en una determinada cultura. Desde esta perspectiva, somos ciegos de nacimientos y nuestra postura frente a ello es del todo pasiva. Ratzinger nos dice, más bien, que el hombre se ha resignado a ser ciego sólo en apariencia: “Si no sabe de dónde viene ni por qué existe, ¿no es acaso en todo su ser una criatura fallida?”. Efectivamente, ¿cómo podemos tener una vida plena si nos resignamos a una ceguera que nos impide ver hacia dónde vamos, a aquello frente a lo cual proyectamos nuestras promesas existenciales? Negar la verdad es negar aquello que en el hombre corresponde acaso a su “humanidad”; Ratzinger subraya aquí la pertinencia de reformular la pregunta acerca de la verdad del cristianismo. Para replantear la pregunta, Ratzinger invita a la teología cristiana a examinar las instancias que se elevaron contra la pretensión cristiana de verdad tanto en la filosofía, como en las ciencias naturales y en la historia natural; así como tener una visión que abarque el problema de la esencia del cristianismo, “de su postura en la historia e las religiones y de su lugar en la vida humana”. Lo que nos plantea, así, es desarrollar la pregunta acerca de “cómo en sus orígenes el propio cristianismo percibió su pretensión en el cosmos de las religiones” (el detalle de esto último lo comentaremos en una siguiente entrada nuestra en este blog).

7738408_la-condition-inhumaine-medresMagritte, La condition humaine, 1933

Esta encíclica, pues, nos hace ver que razón y cristianismo han de pensarse separados si nuestro concepto de racionalidad es un concepto extremadamente restringido, cuyo alcance ha sido mermado por perspectivas positivistas acerca de la realidad. Solo así, el evolucionismo se entendería como filosofía primera. La evolución puede ser vista, más bien, desde algunos exponentes de la tradición pragmatista de la filosofía, como aquello que nos enfrenta a la fragilidad del hecho (la frágil creación), donde el principio que rige es azaroso, y nos empuja a tener la esperanza que nos remite a un plano trascendental en el mismo hombre. Este plano es, a mi perspectiva, el plano del amor, aquello que hace posible el matrimonio entre la razón y lo inefable. Desde ahí, aquello que yace en lo indecible, en el silencio, en lo místico, en lo poético, no es, como ahora se piensa, lo irracional en el hombre, sino, antes que todo, lo más humano, lo más profundamente racional (logos) en sentido originario, aquello a lo que estamos arrojados. No podemos más que afirmar, con Ratzinger, que la pregunta acerca de la verdad del cristianismo, debe ser replanteada, pues aquello que nos es evidencia, en la misma pregunta, es este mismo arrojamiento propio de nuestra razón cuando ella es entendida como entrega, como amor.

Terminamos esta primera reflexión con unos versos de Vallejo, que aluden a una realidad que no puede ser aprehendida por parámetros positivistas, ¿no es aquella realidad lo que constituiría lo que es ser propiamente humano? Es aquí, pues, desde donde razón adquiere su sentido amplio de logos que ya estaba presente en la Antigüedad.

Siento a Dios que camina
tan en mí, con la tarde y con el mar.
Con él nos vamos juntos. Anochece.
Con él anochecemos. Orfandad…

Pero yo siento a Dios. Y hasta parece
que él me dicta no sé qué buen color.
Como un hospitalario, es bueno y triste;
mustia un dulce desdén de enamorado:
debe dolerle mucho el corazón.

César Vallejo

~ Autor: Luz Ascárate 

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